Al cabo de 40 minutos, y con nada más en el estómago que un paquete grande de Doritos, Bruna y Priscilla llegaron a la Rodoviária para conocerme. Junto a ellas Dalia, una intercambista peruana hospedada en casa de Bruna. Entre varios esfuerzos para comunicarse conmigo dijeron que por algunos días viviría en un hogar temporal. Según ellas para esa fecha la mayoría de personas en Santa María estaba de vacaciones. Vacilé un poco sobre las razones pero sabía que en tierra de otros lo mejor era adaptarse a las condiciones.

Cuando nos dispusimos a tomar un taxi -de color blanco por cierto- supe que dormiría por una semana en la pensión de una iglesia luterana que se ofrecía a recibir voluntarios. Desde allí el trayecto se tornó incómodo porque risas iban y venían y no entendía nada. Sospechaba que las brasileñas se burlaban de mí pero mantuve la compostura porque anhelaba una cama para descansar.

Sorpresas, interminables sorpresas

Poco tiempo estuve dentro del taxi porque la ruta fue bastante corta. La iglesia yacía en una zona residencial rodeada de casas pequeñas y apartamentos de hasta 4 pisos. El lugar daba justo en una esquina frente a un parque lleno árboles frondosos y máquinas metálicas biosaludables, de esas que están últimamente de moda para hacer toda clase de ejercicios al aire libre.

La pensión era un poco más grande de lo que yo creía. La construcción estaba dividida en 3 bloques separados entre sí y pintados con un amarillo que con el paso de los años lucía castaño. No en vano el tiempo pasó también por las rejas que encerraban el lugar, cuya herrumbre degradó el color de los barrotes.

Cada bloque cumplía con una función específica: a la izquierda, una capilla en donde se realizaban las ceremonias religiosas; al fondo, en el centro, aparecía un complejo de habitaciones de 2 pisos donde seguramente pasaría la noche -o las noches según Aiesec-; a la derecha un salón de eventos para celebrar actividades lúdicas y encuentros de la comunidad luterana. Más abajo del salón vi una puerta cerrada que no supe hacia dónde conducía.

Un área verde adornada con abalorios de navidad lucía en medio de las tres construcciones. Por algo más que morbo, capturé con mi cámara al pequeño Jesús. No pude dejar pasar al muñeco que lo representaba. Todo estaba en la mirada. Esos ojos de plástico transmitían algo más allá que la inocencia de aquel que llaman “el hijo de Dios”.

 La habitación del pánico

Ya dentro de la pensión, un apretado zaguán con nada más que un mueble de cuero y dos lavadoras como decoración, unía dos pasillos estrechos: uno conducía a las habitaciones y un patio de ropas; y el otro dirigía hacia la cocina. Al pie de las lavadoras una puerta corrediza, que chirreaba cada vez que se le movía, daba acceso a un baño compartido con duchas, sanitarios, lavamanos y un gran espejo sucio.

En un rápido ejercicio de exploración vi que la cocina tenía 3 neveras, microondas, una estufa de gas, un estante para alimentos con nada más que sal, papas y un tubérculo morado parecido a la remolacha, pero que nunca en mi vida había conocido; también había licuadora y una botella de jabón líquido a la mitad; en el lavaplatos reposaba una bandeja de vidrio con grasa escurrida.

Luego del preocupante chequeo, Priscilla y Bruna me condujeron por el pasillo que daba exactamente a 4 cuartos. Todas las puertas permanecían cerradas, solo una iba a abrirse para dejarme descansar. Nos detuvimos en la número 13, la primera del lado derecho. Cuando la llave soltó el cerrojo la puerta parecía trabada. Hubo que empujarla con algo de fuerza para poder conseguir entrar. Apenas abrió todo parecía un caos: 2 de las 3 camas de la habitación tenían encima prendas de vestir, libros, y elementos de aseo personal. Las sábanas permanecían fundidas entre tantas cosas. En el piso, varios equipajes vomitaban ropa y zapados por doquier.

Cuando quise saber de qué se trataba todo eso las brasileñas hablaron en portugués:

– Vai ficar com dois intercambistas mais. Um da Bolivia e outro do Mexico – dijeron entre risas.

– No entendí con prisa lo que decían pero correlacioné los espacios utilizados y las palabras Bolivia y México para saber que dormiría con 2 personas más. No supe qué responder y me limité a tomar la cama de en medio, la única disponible, tal vez porque estaba hundida en su centro y tenía la forma de una U.

– Quisiera dormir un poco- dije en español.

– Concedieron, rieron un poco más y se marcharon con prontitud.

Al momento de tocar el colchón con mi espalda sentí cómo el cuerpo poco a poco se hundía. La espuma era muy delgada y las tablas no estaban completas. Respiré profundo y giré mi cuerpo hacia la izquierda; vi entonces que en la pared del fondo, al lado de un ventanal desde donde el cielo rojizo avisoraba el fin de la tarde, había pegado un pliego de papel blanco con rayas negras. Las líneas, las formas, los cuadros los trazos; todo me resultó tan familiar. Recordé a mi hermano en sus clases de diseño arquitectónico y deduje que uno de mis compañeros de dormitorio conocía este tipo de temas.

Me interesó tanto ese dato que me di vuelta para encontrar información del otro sujeto. Como a cada cama nos separaba una mesa de madera para dejar objetos importantes, alcé la cabeza para vislumbrar alguna cosa que llamara mi atención. Allí noté un libro de pasta negra con un grabado interesante: “PSICOLOGÍA BIOLÓGICA”. Sospeché de un médico, de un psicólogo o un curioso por los temas mentales.

Luego del escaneo minucioso de ambos espacios comencé a hacer una serie de conjeturas en mi cabeza: ¿podrán convivir conmigo?, ¿cuál de los dos era el arquitecto y cuál el psicólogo?, ¿nos acostumbraríamos a vivir juntos?, ¿les interesaría conocerme?, ¿qué les dijeron del lugar?, ¿en realidad sería temporal?

Nadie apareció para responder a mis interrogantes antes de que cayera dormido por varias horas…

Continúa próximamente.

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