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Todo comenzó luego de terminar mi carrera universitaria. Como muchos de mis compañeros, no podía prever mucho sobre mi futuro como profesional, especialmente porque mi ciudad solo hace ruido en el país cuando los gobernantes bolivarianos cuasi esquizofrénicos lanzan sendos señalamientos contra los políticos colombianos de turno, que en su mayoría, creen que la frontera colombo-venezolana se reduce a un par de puentes internacionales.

En ese afán por definir el rumbo de mi vida conocí a AIESEC, una organización no gubernamental facilitadora de intercambios a nivel mundial con más de 40 años de experiencia, fundada y dirigida por jóvenes e interesada en aportar a la sociedad “ciudadanos globales”.

Según la persona que me brindó toda esa información -con quien tenía en común nada más que el nombre- si confiaba en ellos, estaría a punto de vivir algo único e irrepetible.

No puedo negar que la oferta me resultó tentadora: un voluntariado de seis semanas donde quisiera, con hospedaje en una casa de familia, además de clases gratuitas del idioma nativo, y por lo menos, una comida diaria por cuenta de la fundación donde trabajaría. Sonaba bastante bien.

Pero la confianza no era lo único que debía depositar en ellos. Para participar de algún programa, era obligatorio consignar a una cuenta bancaria la suma de 300 dólares, que cubrirían tareas logísticas de los miembros del comité local de AIESEC, presto a recibirme.

En mi cerebro aún no cuajaba la idea de tener que dar semejante cantidad de dinero por una labor no remunerada. Quería orientar mi vocación pero no a cualquier precio. Empero, con un maremágnum de incertidumbres opté por aceptar la oportunidad, y no contento con ello, me inscribí en dos proyectos sociales que me mantendrían tres meses fuera de Colombia.

 y el primer destino escogido fue…

Brasil, Santa María, Rio Grande do Sul

Brasil

Tomado de Revista Scielo Brasil. Disponible en: http://bit.ly/2iKk8qt


Las instrucciones de Aiesec

El proyecto daba por iniciado después del 8 de diciembre,  y tenía por sede a Santa María, una ciudad universitaria (eso me dijeron los de Aiesec) con cerca de 300 mil habitantes y sede de uno de los fortines militares más grandes de Brasil, dada su proximidad a Uruguay y Argentina. Multicultural, con una variedad gastronómica e industrial, tierra de gauchos y receptora de inmigrantes alemanes e italianos, en ese lugar viviría mis primeras seis semanas como voluntario.

Sobre mis labores me dijeron que tendría que colaborar en una especie de orfanato con ayuda psicosocial. El objetivo principal era el de motivar a niños con historias de vida turbulentas. Algunos habían sido abandonados por sus padres y sufrían constantes maltratos; esto hizo que se vieran expuestos desde muy temprana edad a problemáticas sociales como la drogadicción o la delincuencia.

Parte del trabajo también se enfocaba en realizar talleres de autoestima, respeto por los demás, trabajo en equipo y una que otra cátedra de español. En este punto dudaba sobre la efectividad de mis funciones como docente, no por la enseñanza del idioma, pero sí (un sí muy mayúsculo) por el hecho de que yo fuera a intentar mejorar la vida de pequeños desconocidos cuando la mía, hasta ese momento, era un nido de frustraciones.

Detalles de la ida

Ninguna. Cero. Absolutamente nada.Ni una sola aerolínea  ofrece conexiones hasta Santa María.  Todas llegaban cuando mucho hasta Porto Alegre. La salida más fácil tuvo nombre propio: Internet.

Busque en agencias de viajes paquetes que incluyeran mi destino final. Algunas exageraban en los precios y otras tantas querían llevarle a unas islas homónimas en Portugal.  Por allí encontré una española que cumplía con todos los requisitos (buen precio, conexiones exactas y traslado de equipaje seguro). Acepté los términos y condiciones de eDreams sin leer la letra menuda, reservé la ruta y busqué una tarjeta de crédito -porque sólo usaba débito- y finalicé la transacción.


Unos días más tarde, el itinerario de vuelo marcó lo siguiente:

Viernes 19 de diciembre: Bogotá – Sao Paulo. Salida 20:25 –  llegada 05:45  BOEING 767-300/300ER

Sábado 20 de diciembre: Sao Paulo – Porto Alegre. Salida 08:00 – llegada 09:31 AIRBUS INDUSTRIE A330

Sábado 20 de diciembre: Porto Alegre – Santa María. Salida 13:48 – llegada 14:45 AEROSPATIALE/ALENIA ATR 72


Pero fue después de pagar la reserva que noté una particularidad: el vuelo partía desde la capital el mismo día en que mi hermano se titulaba como arquitecto. La cuestión era saber cómo poder estar a tiempo en ambos lugares teniendo en cuenta que la graduación iniciaba en la mañana del 19 de diciembre, y el vuelo hacia Brasil -el último de ese día- era a las ocho de la noche.

Mi presencia era tal vez un problema menor, podía asistir al acto desde muy temprano, esperar la tradicional fotografía de los graduandos con su diploma y marcharme para arreglar los detalles del viaje; finalmente partiría con la tranquilidad de haber acompañado a mi hermano.

Lo realmente preocupante eran los 500 kilómetros, 552.9 para ser más exacto, que me de Bogotá…

 

Si te ha gustado puedes ver la segunda parte en: Primer intento de salida…con lágrimas incluidas.